El limbo es un sitio paradójico. En él residen las almas de los mortales antes de ser juzgadas por el Supremo Hacedor. Es lo que se conoce vulgarmente como "a la espera de juicio". Por ello, las almas allí residentes no son ni buenas ni malas, sino todo lo contrario. Son como almas cuánticas, que son dos cosas a la vez y ninguna al mismo tiempo.
De hecho, el bedel tampoco es que esté en nómina: hay días que va al curro y otros que no, y los juicios no tienen fecha prefijada. A veces hay varios en un mismo día y otras veces pasan semanas sin que se juzque a nadie.
El Vaticano hace años que descartó el limbo como un sitio real; consideró que lugares tan raros no tenían cabida en el lógico cuerpo doctrinal del cristianismo. El por qué mantienen sin embargo el infierno y el cielo es algo a lo que aún no pueden responder (bueno, no quieren, que es diferente).
El problema está con las almas que esperaban allí el día del juicio: si esa "sala de espera" de transición nunca ha exisitido, ¿dónde narices están las almas que allí aguardaban su destino? Bueno, según parece ser, un día Dios tocó a rebato, mandó llamar al bedel, organizó las almas por grupos homogéneos y las mandó al cielo o al infierno según el grupo fuera par o impar. Es lo que se llama "justicia divina", y no se debe criticar ni cuestionar porque es inefable.